CEREZAS
Nos
hemos ocupado más de una vez en estos papelines de la censura y no es buena
señal seguir hablando de ella. Pensaban algunos que era como un unicornio
medieval, una bestia ya desaparecida, extinta; pero la bestia está viva y embiste, ha
salido de los códices medievales y de los pactos del PP con Vox y ya empieza a
extender sus alas membranosas y su halito de fuego cabe de los castillos donde
moran sus señores. Pronto se reproducirá y algunos se darán cuenta (demasiado
tarde) de que han criado algo más que cuervos con su voto. Vengo diciendo también
que las censuras y los interdictos son hijos unas de otras y que son como las cerezas,
que al salir del cesto traen otras prendidas. La censura y la cereza tienen el corazón
amargo, de sus pepitas se extraía el cianuro y siguen destilando el veneno de
la discordia. Me da por acordarme ahora de la censura a la canción del
Cola-Cao, y de los Conguitos y de el torero de las pipas Facundo y un
interminable etc… a lo que cabría sumar lo del lenguaje inclusivo que era/es
oclusivo de la razón, y del apoderamiento del agro por unas normas edénicas
(del jardín del Edén) de tal manera que está peor salir al campo que en la edad
media, cuando los montes eran de cuatro condes y dos marqueses. La sinrazón nunca
trae nada bueno y no podremos decir que las censuras de Vox son ridículas si no
admitimos que las que nos ha hecho tragar cierta izquierda eran igual de
amargas, cerezas del mismo cesto intolerante que recorre las venas patrias.
Estos frutos deberían ser dados a los pájaros y nunca comidos por cristianos
porque acaban empachando. Pero esto es España y cada uno defenderá sus
disparates y se aferrará a sus averiadas explicaciones acerca de por qué su
censura es buena y la del enemigo malísima. No tengo mucho más que decir hoy si
no que cambien Vds. de fruta y ríanse conmigo (o en familia si tienen por
costumbre) de todas las censuras, de todos los obispillos que acechan hoy en
las redes sociales, como antes acechaban los familiares de la Santa Inquisición
que tenían montada su red social espía de aquel tiempo y era igualmente eficaz.
Nada cambia en la faz hispana, y en los círculos apropiados se vuelve a repartir
la estampita y el detente bala. En las trincheras contrarias circula la petaca
entre les soldades, ellos, ellas y
elles; no sé qué va dentro pero es de elevada graduación y puede estar
hormonado. Pues eso: censuras fulmíneas, cerezas amargas. Terminemos por lo corto
con Don Antonio que siempre ilumina: Malos
sueños he / Me despertare. En el claro huerto de la infancia de Don Antonio
maduraba, oloroso, el limonero; jamás el cerezo inquieto sus recuerdos. Seamos algo
poetas y algo bufones y partamos un melón en un ameno prado junto a Gonzalo de
Berceo. Rodeémonos siempre de gente humor báquico y de natural jocoso y
apartemos de nosotros el acre olor del cianuro censor.
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