HUMOR Y
PODER
Una
cosa de las que más me llaman la atención, es un rasgo que la prensa, o más
bien los medios de comunicación que hoy nos tienen rodeados, suele resaltar de
la gentuza que nos pastorea: “que son muy
simpáticos, que no carecen de sentido del humor” Y me pregunto qué es lo
que ha caído más bajo: si el sentido del humor o la “prensa”. ¿Acaso no han enseñado a estos muchachos en la facultad
que el sentido del humor es saber reírse de uno mismo? Aun peor, ¿esa lección
no la habían aprendido en la vida? Y después, claro, viene la gran pregunta.
¿Se dan cuenta o no estas reporteriles muchachas de que esta panda de gañanes
iletrados que nos gobierna en realidad se ríen de nosotros? O ¿dándose perfecta
cuenta no se atreven a escribirlo porque los garbanzos han subido y hay hijos
que estudian fuera, que sale caro? Me apresuro a decir que creo más en la
segunda hipótesis, sin descartar del todo la primera, y además esta (la
segunda) tranquiliza más mi fe en la humanidad y en la prensa. También tendemos
a olvidar que la información es un negocio, pero acaso no sea otro negocio más,
como la prostitución o la religión, si no que tenga que ver precisamente con el
concepto de ocio. El otium latino, contrapuesto al negotium, ¡Ay el latín!, ¡Siempre las
divinas palabras! Todo esto nos lleva a una nueva pregunta, o acaso a una
revelación. Ahora ya sabemos porque nadie compra periódicos o más bien; porque
nadie está dispuesto a pagar por ellos. Si, nadie compra mercancía averiada, o
quizá la gente cuando se gasta dinero en diversión (otium), prefiere subirse al tren de la bruja, donde también pagas
porque te den con una escoba. Esto no es un señor que despotrica, esto es una
purga de mi corazón; porque yo crecí leyendo la prensa, yo siempre creí en el
poder (escaso) de la palabra escrita, o al menos en su prestigio. Aunque nadie
se lo crea me está doliendo escribir cada letra de este papelillo. Y quiero
creer que aun merece la pena el que amanezca cada día, porque de vez en cuando
salen los papeles de Panamá, o los de las Islas Caimán o los que sean, y en
algún sitio un hijoputa se coge un berrinche porque este año no va a poder
cambiar de modelo de yate.
De
todas formas ya dije aquí que la lucidez no sirve para nada, la lucidez es una
rémora que nos impide disfrutar del mundo, y mis escasos lectores saben de
sobra que soy tonto. Pero lo que nunca les he dicho es: que ojala hubiera sido
un poco más tonto, porque entonces nada se habría opuesto a mi completa
felicidad. Y creo que eso es en lo que anda la peña hoy en día. Como son mucho más
listos que yo, y han visto desde temprana edad que esto no tiene remedio; ósea, que si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos, no se han molestado
demasiado en echarle un pulso a un mundo que saben intransformable. Se dedican
a ver videos de YouTubers subnormales que enlatan y venden sus ventosidades, y…
¡Ale! a ver pasar la vida por la pantallita. Por cierto he estado muchas veces
en Andorra y ya veremos lo que aguanta esa quimera, (no Andorra sino el irse a vivir allí). Más no los criticare
yo (a los espectadores/lectores), y menos ahora que me he puesto una boina de
papel de aluminio para que no me afecte el espectro radiomagnetico. Y de eso
iba todo esto, del sentido del humor y de cómo no lo tienen los que cada día se
descojonan de nosotros. ¡Ah! Y no imaginen Vds. aquí unas siglas políticas
cualesquiera que sean. Los tontos nos reímos de todo el mundo, porque todo el
mundo se ríe de nosotros, y noten aquí (por favor) el uso de la partícula de en vez de con. Porque conmigo solo se ríen mis amigos que: o bien están muertos o pintan tan poco como yo. Y cuando oigan esas risas de los políticos, jueces, Borbones y aristócratas
varios... y de todos sus palmeros creadores de opinión, risas tan falsas como
ellos. Ignórenlas, se vive más descansado. Y si quieren identificarlas por
literatura: son las risas acéfalas de los duques matando el aburramiento (no es
errata) con D. Quijote y Sancho, los relinchos de quien se ríe de alguien mejor
que él, la gracia que les hace que Sancho se haya creído que podía gobernar. Y
por algo las puso ahí D. Miguel, que de humillaciones sabía mucho.