Como a nadie rindo cuentas (pues nadie cuenta
conmigo) me puedo permitir ejercicios de adivinación que en otras épocas
hubieran terminado en un largo proceso rematado por una columna de humo a las
afueras (pero no muy lejos) de la ciudad. Escribo esto el sábado antes de las
elecciones usando mi bola mágica (a mi bola) y aprovechando que, en un
descuido, abolieron la inquisición. No obstante no hay magia; lo que hay es
memoria y un poco de hemeroteca. Con eso basta. El electorado español es previsible
y sus políticos más aún; de modo que no me atribuyo ningún mérito con mis
profecías. Me pasa un poco como a Sherlock
Holmes, que era reacio a explicar sus deducciones porque luego el
interlocutor se daba cuenta que las pistas habían estado a la vista de todos y
le parecían una simpleza. Y son una nonada DESPUÉS de cometido el crimen
(¡ejem!,¡ejem!) en este caso una vez perpetradas las elecciones. Abreviemos.
Ningún partido sacará mayoría suficiente para
formar algo mínimamente estable. A continuación los partidos (todos) nos harán
saber que han ganado y que respetaran el mandato del pueblo; obviando que lo
que el pueblo les acaba de decir es: QUE SE ENTIENDAN. Así pues nada tendrá de
particular otra vuelta (a final de año o por ahí, vaya Vd. A saber). ¿Cómo
solucionar la que se nos viene encima? Tiremos otra vez de hemeroteca. En el S
XIII cuando los cardenales (aquí léase diputados) no llegaban a un acuerdo
sobre la elección de su jefe bien por falta de inspiración divina o por otras
causas más terrenales; los sufridos ciudadanos (aquí léase votantes)
discurrieron el radical, y
efectivo, expediente de encerrarlos a
pan y agua hasta que se pusiesen de acuerdo; seremos algo más generosos, que
son otros los tiempos, e incluiremos vitamina C para sus señorías. El
resultado, entonces y ahora, es que
rápidamente se llegaba a un acuerdo.
Siento tener que acabar esta columna así (léase otra vez la primera frase)
pero...
¿A que no hay cojones?