-Se va apagando el agobiante rescoldo del
verano y entramos poco a poco en el otoño que es estación más poética, y no por
las languideces de las hojas caídas y otros tópicos crepusculares, sino por
algo más sencillo y hasta ramplón como es el hecho de que es muy difícil
ponerse en modo contemplativo y poético cuando se suda, osea que el cambio climático va a terminar (entre otras cosas) con
la poesía; maltratada dama que se va marchitando cada día ante nuestros ojos a
golpe de Twitter. Desde los hexámetros
griegos hasta ahora la poesía ha resistido todo tipo de calamidades (desde
guerras hasta el Rap pasando por José María Pemán y otros excesos) pero cada
día se la ve más renqueante y como antes del aire acondicionado; el género está dentro por el calor. La
poesía, lo poético, lo que hace soñar al hombre siempre se ha llevado mal con
la sobreabundancia y ahora es como una flor que peligra por exceso de abono
(vulgo, mierda). En la historia de la humanidad es demasiado frecuente que los
sueños acaben en pesadillas. El amor a nuestros recuerdos de infancia degenera
en nacionalismo, el amor a lo trascendente acaba en religión y el poeta mismo
puede degenerar en académico de la lengua; institución que perdió el escaso
encanto que tenía cuando admitió a gente como Anson o Cebrián (dos juntaletras
cuyo único mérito es su capacidad de conspiración en enredos chabacanos y gacetilleros) dos
politiquillos o quizá politicastros de las letras. La poesía es el género más
difícil de la literatura y además no admite medianías. Un poema es; o un
aldabonazo que resuena en la puerta de nuestro castillo interior o un pedo (a
menudo maloliente) no existe el término medio. La distancia que media entre el
parnaso y los juegos florales es insalvable y los que se atreven a saltarla a
menudo caen, no en el vacío sino en el ridículo; que es en lo único que no
puede caer un poeta porque de ahí no hay quien lo levante. No obstante seguirán
caducando las hojas de los árboles no la poesía y todo esto es una disculpa, ni
siquiera original, para poner aquí uno de mis poemas favoritos al que vuelvo de
vez en cuando como un yonky a su vicio secreto.
DE VITA
BEATA
En
un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras
civiles,
en un pueblo junto al mar, / poseer una casa y poca hacienda
y
memoria ninguna. No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y
vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia.
Jaime
Gil de Biedma