-Como ya habrán adivinado me estoy refiriendo a
ese partidito donde la gente había puesto ilusorias esperanzas de modernidad y
liberalismo. El liberalismo es un comodín que usa todo el mundo (sobre todo los
que no lo son y los que hacen trampas al póker) y no es que desconozcan el
significado de la palabreja; es que se la pela. En este país una vez que se
pasan las elecciones el votante pasa a ser un bulto sospechoso. En el
Borbonato, el que no me vota a mí, o vive engañado o bien es directamente
imbécil, y esta opinión, aunque no la verbalicen nos la refriegan a diario con
sus hechos. Estos politiquillos ven a los que no les han votado como piezas a
abatir y a los que les han votado como un rebaño de borregos (mudos) que hay
que pastorear a pedradas, y mientras funcionen con esos esquemas mentales poco
se puede hacer aparte de votar y callar (y esquivar hondazos). Yo soy antiguo,
algo faltón (en defensa propia) y todo lo ácido que le dejan a uno (poco); así
que les propongo un ejercicio de política ficción. Cojan al muchachito este que
comanda esta escuadra de modernillos y quítenle
la corbata, remánguenle la camisa desabrochando un par de botones y pónganle un
correaje. ¿A quién se parece?... ¡Exacto! A pesar del paso por el quirófano
de estética al que le obligó el IBEX
para que estuviera presentable, el parecido es chocante hasta en el apellido y él
se empeña en demostrarlo a diario; mintiendo con desparpajo, fulminando a los
que no se cuadran a la voz de mando y poniendo su perfil más resultón (el
derecho) para salir en las fotos. Tenemos ya asumido que un político es un
animal que miente, se alimenta de canapés y está encantado de conocerse, y la
clase política de este país, cuando contabiliza unos miles de votos se cree que
les hemos dado permiso para hacer de su capa la de Superman (luego se echan a
volar con la barriga llena de tartaletas y petisús y la hostia es de comic).
Por todo esto cuando un político demuestra cierta altura de miras o hace cosas
que no redundan en un rédito inmediato, pasa a ser espécimen contagioso y
sometido a cuarentena por si acaso (le ha pasado a Valls). Aquí, por
coherencia, la ley del embudo debería pasar trámite parlamentario y ser un
artículo más de la Constitución; que es un librillo de la categoría de La Biblia contada a los niños. Osea un
cuentecillo de Calleja para que se duerma el nene y no de guerra. El problema
es que los niños peinamos ya canas, nos aburre el cuento por sabido y nos
gustaría ser tratados con un poco de respeto. Mientras sigan insultando nuestra
inteligencia tenemos derecho a suponerlos menores de edad y a llamarlos Ciudadanines;
hasta que crezcan y aprendan a colaborar en las tareas domésticas. De un político
tenemos derecho a esperar oír algo más que; ¡No
me gusta la sopa!
Una sombra tan solo seras
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sábado, 22 de junio de 2019
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