Llega el buen tiempo, y hasta mi balcón se
acercan unos alegres gorriones, les hecho unas migas de pan que cogen al vuelo
y se pierden ágiles en el cielo. Me quedo pensando en los que vienen a pedir el
voto y no se conforman con migajas. Son
unos pájaros que también trinan con desparpajo, sobrevolándome, pero estos se
me llevan la barra de pan (y eso que no
les cabe en el nido). Luego, con su maravilloso trino me dirán que algo hay que
meter en el pan
-- ¿O
pretendes que solo comamos pan? Roñica miserable.
Me trinaran acerca de sus polluelos,
hambrientos ellos; con una boca casi tan grande como su cuerpecillo, insaciables
hasta que crezcan (y después más). Ya se me llevaron la lana del colchón para hacer el nido más confortable; sé que no
basta, que se han comido todos los insectos menos las moscas cojoneras, y en
pro de la ecología debo hurgar en la panera en busca de los últimos residuos;
pues mi alma es pura y franciscana y hay que atender al hermano pájaro y la
hermana mosca. Migraran en bandadas desde lejanas tierras (que son estas mismas
pero sin poesía) y volverán sus nidos a colgar en las fachadas de ayuntamientos
y comunidades. Lo comprendo, mi casa es demasiado modesta y además la han
dejado pintada y no vacía. Comprendo el ciclo vital. Me comerán los gusanitos
de los que se alimentarán los pajaritos; mi alma se humilla anonadada ante el
grandioso espectáculo de la naturaleza. Que anida en las rotondas, que se caga
con frescura en las estatuas de los próceres, que roza con su leve ala los
cristales de polideportivos vacíos, que salta con sus diminutas patitas sobre
los inoxidables tejados de los cientos de centros de interpretación de……….
(Rellenen Vds. El espacio) ¡Ahhh! Las avecillas canoras y volanderas. Si el
señor (en su inmensa sabiduría) no permite que una sola de sus criaturas pase
hambre, ¿Quién soy yo para enmendarle la plana? Nadie. Y como nada soy y nada
valgo en mi humildad de fraile mendicante. Cojo la escopeta del 12 y termino
este bello artículo en medio de una nube de tiernas plumillas evanescentes,
alguna de las cuales cae, dulcemente, sobre el hombro de mi raído hábito de “il poverello
de Asís” ¡Ahhh!, ¡Cuánta belleza! Y que poca munición.