LA VERDAD EN LOS TIEMPOS DEL COLERA
Lo
obvio es lo que hay que repetir constantemente porque es lo que todo el mundo
da por sabido. Pero no es cierto, es lo que todo el mundo ha optado por olvidar
porque lo obvio suele estar trenzado de verdades incomodas, y desde los griegos
la verdad no le viene bien a nadie (y si no pregúntenle a Sócrates) No soy yo
tan soberbio o tan candido como para creer que un artículo tan explosivo como la verdad sea de mi propiedad, o
siquiera algo con lo que yo intime a
diario y pueda dar a conocer a mis
inadvertidos congéneres. Pero lo que si conozco es como ponerle una mecha,
prenderla y salir corriendo. Lo que suceda después, depende de la distancia que
separa la indiferencia del improbable lector del epicentro de la explosión. Lo
bueno de este anarquismo gamberro es que ya la verdad no mata a nadie aunque la
explosión sea de kilotones; lo malo es que ya la verdad solo sirve para
sobresaltar a las avecicas del cielo que, tras la explosión, vuelven
tranquilamente a su rama. La gente en vez de intentar cambiar el mundo se ha
creado uno a su medida en internet y eso le viene muy bien a todo quisque: a
los ciudadanos avestruces y capitidisminuidos porque así no son incomodados en
su mundo de fantasía, y a los políticos que nos gobiernan porque ya se encargan
ellos de saquear la realidad mientras los necios miran el dedo en vez de la
luna. He dicho, ya muchas veces, que el
mundo ha funcionado durante milenios sin internet ni cita previa, pero desde
luego a nadie ha molestado el estallido de ese modesto petardo, y por supuesto
las nuevas generaciones pensaran que miento o que estoy loco, o que soy un
viejo que no tiene ni puta idea (lo que les resulte más cómodo suponer). La
gente sigue en su burbuja, y en la puerta de un restaurante en vez de oler el ambiente, de ver a los
comensales y sus caras y sus platos, sacan el móvil y consultan la realidad de lo que tienen delante de las
narices para saber si merece la pena comer allí o no. Comprueben Vds. si están
en Google porque a lo mejor no existen/existimos y solo somos el sueño de un
gorrión. Yo mismo uso de internet para escribir esto, pero recuerdo con mucha
nostalgia cuando para difundir mis opiniones y escuchar otras, me juntaba con otros opinadores y
polemistas por la calle del Laurel o la San Juan. Era más divertido y más sano
beberse las opiniones que vomitarlas. Ahora soy un artificiero retirado y mis
explosiones solo las oigo yo, con el resultado de una pérdida de la audición y
de algunos apéndices, porque ya no corre uno como antes o porque pongo la mecha
muy corta, no lo sé. Como mis fantasías son muy modestas, previsibles y poco
interesantes escribo acerca de los delirios de los demás; siempre en busca de
esa esquiva verdad que me elude y me torea. Así, suelo sacar en estos papelines
cosas que ya solo sacuden a ingenuos como yo. Hablo de esos alcaldes que
piensan que joder una bonita ciudad provinciana con carriles bici es una cosa
de izquierdas, de esos jueces que se ponen en huelga para exigir más medios
pues aún no han averiguado quien pueda ser Eme Punto Rajoy, de esos militares
que creen que los galones y las estrellas también son un baremo de la
inteligencia en la vida civil, de esos canallas que piensan que pueden salir
impolutos de un barril de tinta y son esos directores de periódicos a los que
lo único que les interesa es vender más ejemplares y no son amigos de Platón ni
de la verdad, (pero siempre lo son de los que reparten medallas y bacalao), de
esos policías capaces de ventear dos plantas de marihuana a kilómetros, pero
que luego pasan por La Moraleja o por la calle Serrano sin coscarse del tufo
que desprende el papel moneda sin lavar cuando se mete en cajas de zapatos, de
esa gente tan lista que se va cargando poco a poco la sanidad porque ellos y
los suyos ya la tienen contratada (por the
face) en las clínicas de sus agradecidos amiguetes, de esos dirigentes que
regalan las empresas estatales a sus coleguitas y después nos dan lecciones de
ética enseñando los abdominables, o
bien de esos otros que se pulen 58.000 millones de euros del fondo de pensiones de
todos nosotros mientras se fuman un puro y leen el Marca, (mireuste) o de esos millonarios de rabiosa soberbia que tienen
tanta pasta que no saben qué hacer con ella (porque ni siquiera la vida de un
Borbón da para dilapidar esas cantidades) pero que antes de dar un duro al
estado preferirían quemar los mazos de billetes y que pagues tú el queroseno.
En el fondo lo que uno añora es esa edad de oro en la que la verdad era un
explosivo de alto poder, pero es muy posible que esa edad de la inocencia no
haya existido nunca más que nuestras mentes, pues eso suele ser lo que ocurre
con todo lo que idealizamos. A la gente, y al estado, les preocupan mucho el
porcentaje de población obesa pero nada el de imbéciles, esto por si querían
Vds. alguna prueba más de que habitamos realidades paralelas en las que lo que
interesa no es la verdad sino su imagen.
Quizá en la historia de la humanidad no ha existido nunca un número tan elevado
de sinvergüenzas combinado con tanta gente que se niegue a verlos y a reconocerlos (y esto sí que es una mezcla
más explosiva que la verdad y que acabara estallando en nuestros morros) No
pasamos de ser ese gallo que Sócrates no olvidó pagar a Esculapio, pollos sin
cabeza a los que no salvara la ley de bienestar animal. Animales carentes de
inocencia y de capacidad crítica, gallinas desplumadas que ya solo volamos en
nuestra imaginación. Pero eso sí, en internet somos águilas, gran consuelo.
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