A UN LITERATO QUE CREE SER MI
ENEMIGO
-No
escribe uno estas páginas, prescindibles, para hacerse un nombre. En la
literatura y en la vida te nombran los demás, pero esto último puede prestarse
a equívocos ya que no hay gente más partidaria del bombo mutuo que los
literatos, especialmente en su variedad poetas, subclase de provincias. Cada
autonomía tiene los suyos a los que cuida y publica, quizá porque los políticos
responsables del convoluto creen que eso es cultura o acaso porque a los poetas
hay que echarles de comer ediciones numeradas; mitad por lastima, mitad por
mostrar que en esta provincia tenemos tantos vates y de tanto o más lustre que
en la pedanía de al lado. El escritor no debe ponerse en faena pensando en la
posteridad salvo que sea completamente fatuo (que los hay) más bien se escribe
para explicar el pasado, pues lo sucedido, aunque a menudo irrelevante, con el
tiempo tiende a parecer absurdo o inexplicable y hay que conjurar y luego
sujetar al demonio de la memoria, que es travieso y selectivo con lo que le
conviene. Es más importante leer que escribir y la mayoría de los que
escribimos preferimos, con mucho, leer. Me parece divertido pensar que a lo
mejor dentro de un tiempo indeterminado (y también ahora mismo) alguien
desembocara en estas líneas, sin proponérselo, viniendo de otro sitio y lo hará
probablemente con la misma liviandad con la que están escritas y me juzgara sin
conocerme, o conociendo solo este aspecto tangencial y a la vez profundo que es
la literatura respecto del que escribe; y además hará muy bien, aunque siempre
es comprometido comprar el paño viendo solo un retal. Yo hace tiempo que solo
hablo de literatos muertos; no porque ya no se puedan defender (si tu obra es
buena no necesitas defensores) sino porque no hay gente más quisquillosa que un
poeta vivo y de provincias, gente amable
y a la vez rencorosa; te lo pueden perdonar todo menos que escribas algo mejor
que lo suyo y llevan la cuenta de los saludos y las zalemas y de si les
levantas el chapeo un momento antes o después que él, como en el siglo de oro;
y si aún se llevasen los duelos no habría mes en el que faltase una esquela y
un suelto en páginas interiores del diario local dando cuenta de que “ayer en la conocida finca de… sucedió un accidente
probando unas pistolas… dos conocidos escritores etc…” La literatura aquí
en ese aspecto todavía no ha pasado de esas grescas tan amenas entre Góngora y
Quevedo, entre Valle y D. Benito, entre Cervantes y todos. Aquí el literato aun
lleva casaca o redingote y se empolva la peluca a pesar del internete, y las
aversiones y enconos son africanos (o si ya no se puede usar ese adjetivo,
cainitas) Así voy tirando y así me entretengo, escribiendo para que alguien lea
y leyendo para hacerme perdonar lo que escribo. Siento no haberte dado una mano
de jabón a tiempo, coleguita, pero ya lo remediara el que de los dos se muera más
tarde. La vida literaria en el extrarradio es un duelo entre ectoplasmas.
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