LOS IDUS
DE MARZO
Entramos,
ayer mismo, en los Idus de marzo; fecha aciaga en la que los cónsules hacían
sus preparativos de guerra pues la intendencia de los ejércitos de entonces
solo permitía hacer la guerra en primavera y en verano. Fecha también
premonitoria donde la soberbia de Cesar desdeño el vaticinio de su muerte,
quizá porque eran días de buen augurio, quizá porque lo inevitable siempre nos
alcanza y las advertencias nunca han servido de nada. Yo suelo ejercer de
adivino porque es ejercicio muy fácil, al alcance de una inteligencia pobre,
como la mía. En efecto para ser augur, hoy día no hay que interpretar el vuelo
de la corneja, ni revestirse de pontífice y hurgar en entrañas calientes; basta
con saber leer y tirar de hemeroteca. El ser humano es aburrido y previsible y
todo cuanto sucedió volverá a suceder, van cambiando los nombres de los
protagonistas y los hechos siguen siendo los mismos. Anteayer era nuestro
paisano Quintiliano el que nos informaba de que en el altar que los ediles de
Tarraco habían erigido al emperador Augusto, había crecido una palmera. Hecho, que fue tan milagroso para la ciudad que decidió enviar una embajada para
notificar el prodigio; Augusto les respondió con retranca: “Se ve que con frecuencia habéis encendido
el fuego para los sacrificios” en alusión a la dejadez que suponía el
crecimiento de esta especie botánica en tal lugar sacro, que es como si
creciesen geranios en la sacristía de La Redonda (fenómeno que espero contemplar
antes de morirme) Como ven Vds. la adivinación es monótona, o lo somos los
adivinos como yo, pues apenas abro un libro en estos días me aparece una
palmera. Y saco esto a colación solo porque Vds. vean que las palmeras llevan
2000 años reñidas con el sentido común, y su sola aparición incita a la
profecía y al humor. Ya deje dicho que la plantación en Logroño de una especie
que debiera encontrarse en las islas Salomón, lo único que iba a conseguir era
convertir esta modesta capital de provincias en los jardines colgantes de
Babilonia. Y que al que las planto aquí, le iba a suceder lo mismo que al que
las planto allí (Nabucodonosor) que, como sabemos los profetas, mientras
presumía sobre sus logros perdió su cordura y tuvo que vivir alejado de los
hombres aquejado de pestífera fiebre. Lo malo de estas palmeras, es que los que
vamos a padecer la fiebre pepera que sucederá a la desolación y destrucción de
la urbe vamos a ser los sufridos ciudadanos. Y mientras, el fautor del
desaguisado nos echara la culpa a nosotros por no saber votar y jamás a su
incompetencia o a su soberbia y sandez. Ya les digo yo que cuando llega el
diluvio siempre nos ahogamos los mismos desde que el mundo es mundo. Y
disculpen Vds. tanta botánica, pero es que es ponerme a leer el horóscopo y
tropezarme con esta especie invasora y evasora, pues a algunos les ayuda (por
lo visto) a evadirse de la realidad, y en cuanto haga un poco de sol veremos
cómo algunos pronosticadores municipales se dirigen con una toalla y un balón
de Nívea a tostarse bajo estos árboles singulares. Pero los que nos quemaremos,
como guiris en Matalascañas, seremos los de siempre: Vd. y yo, porque otra vez les digo que estos espejismos
deserticos no los paga el imperio romano si no los caldeos (nosotros) y tendremos
PP para rato, osea una larga travesía del desierto (que a lo peor son por eso
las palmeras, para que nos vayamos ambientando) y ya podemos ir cantando, para
entretenernos, y no va a ser algo tan divertido como “La corte del faraón” ¡Ay babilonio que mareo! Si no más bien en la
línea del coro de esclavos de Nabucco. Así que yo les planteo algo más riojano, que aquí siempre se nos han dado bien
las jotas chuscas, que no curan pero alivian: “Si quieres plantar palmeras plántatelas en el culo, que tienes el riego
cerca y el abono está seguro” Cántese mañana, tarde y noche hasta la
extinción o del palmeral o de los imbéciles, lo que primero suceda.
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