INGENUIDAD Y FILOSOFIA
Hace
ya un tiempo que no escribo por contemplarlo como una actividad inútil y
decorativa. Me considero un escéptico profesional, y creo que debe serlo
cualquier escritor, incluidos los que ponen sus escritos al servicio de sus
amos cobrando por ello. Aclaro que no me parece mal ya que, al fin y al cabo,
escribir, es para muchos un oficio remunerado. Pero como ya he dicho, un
escritor debe ser escéptico al igual que un presidente de La Rioja debe creerse
estoico sin necesidad de irse a vivir a una tinaja, con una modesta casilla de
aperos basta, y esa es la delgada línea entre el estoico y el cínico, la
tinaja. Lo que no puede, ni un escritor
ni un presidente, es ser ingenuo; ósea incauto y crédulo. Viene esto a cuenta y
a cuento de los últimos terremotos en el mundo cultural por el despido del filósofo
(no estoico ni cínico sino epicúreo) señor Savater, al que siempre he seguido, leído
y admirado. Dice Don Fernando no estar de acuerdo con la línea editorial de El País,
y quizá no ha caído en la cuenta que lo mismo nos pasa hace unos cuantos años a
sus lectores (tanto del periódico como suyos) Es decir que El País hace tiempo que
para nosotros (los lectores) es solo otra hoja parroquial que consultamos con
escepticismo (mucho) al igual que echamos un vistazo a El Mundo o al ABC.
Precisamente hojeamos la prensa a ver de qué manera cuenta cada uno su mentira,
y también por leer cosas bien escritas, como las de Savater, Elvira Lindo o
Manuel Vicent. Admiramos a los buenos tiradores de florete, pero hace ya tiempo
que nos dimos cuenta de que les habían puesto un botón en la punta a las
espadas, es decir que ya no era una lucha a muerte o a primera sangre sino un
deporte olímpico. Creo que el señor Savater sigue pensando que los lectores nos
formamos la opinión leyendo (mejor dicho, creyéndonos) los editoriales y artículos;
y eso, Don Fernando, es minusvalorarnos. Es sustituir a los lectores por
conversos, que es (por lo visto) la aspiración de los grupos de comunicación que
controlan las cabeceras y las líneas editoriales; pero un filósofo como Vd. no
puede, no debe comulgar con esa rueda de
molino. Se siente pero internet cambio hace mucho las reglas del juego. Lo que
sucede es que los periódicos actuales son como las hostias; que solo comulgan
con ellas las beatas de cualquier signo. Ha caído pues Don Fernando en el
delito de ser ingenuo que es de los peores en los que puede incurrir tanto un
escritor como un repartidor de hostias. El señor Savater, con la mente que nos
ha demostrado que tiene, ya sabía hace muchos años (desde que ETA dejo de
matar) que ya los que acudíamos a esa misa hebdomadaria de los quioscos no era
por comulgar, sino por ver el espectáculo y la pompa de la liturgia y ver que alba se pone y con qué cíngulo se
sujeta los calzones el oficiante que luego nos lo preguntan en casa. Él mismo,
es el que tenía que haber colgado los hábitos entonces, y si lo hubiera hecho
hubiese contado con el aplauso de la feligresía. El que ETA haya dejado de
matar parece que les ha sentado muy bien a los vascos y a los españoles en
general, pero creo que se les ha atragantado a algunos partidos políticos y a
algunos intelectuales que contra ETA vivían mejor (tenían más razón, más razones). Esta circunstancia se sumó en Don Fernando a la
desgarrada perdida de su compañera de media vida y creo que no asimilo bien
esta mezcla (¿Y quién lo haría?) Total
que ahí estamos: ni se rompe España, ni nos creemos lo que dicen las gacetas,
ni apreciamos a los filósofos que se dicen estoicos (los estoicos no tenían jefe)
ni vamos a dejar de tenerle cariño al señor Savater, no por lo que es, sino por lo que fue, un filósofo
de guardia que expedía recetas muy efectivas hasta que cayó en la ingenuidad (o
en la soberbia) de despreciar a sus lectores, que a partir de ahora tendremos
que leerlo en The Objective, un panfleto al que deberán Vds. ingresar con la
mascarilla puesta como hacemos, por higiene, al leer el resto de hojas parroquiales en que
ha devenido la prensa. Un servidor es, al modo evangélico, cándido como una
serpiente y jamás caeré en la ingenuidad de pensar que escribo para palomas.
Los lectores, Don Fernando, ya no son aves domésticas, sino pájaros incrédulos
que no anidan ni en El País ni en este modesto blog.
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