Una sombra tan solo seras

domingo, 24 de septiembre de 2023

 

                    UN   PAPELIN  DE  RECUERDOS

Mi generación es la generación del quiosco como acertadamente supo calificarla Ernesto Giménez Caballero. Algún día habrá que admitir que los escritores fascistas tuvieron una singular puntería (y no va con segundas) y se quedara esta tesis sin escribir, porque ya nadie lee a este precursor del fascismo en España, ni a Foxá, ni a Sánchez Mazas, Santamarina, D´Ors, et alia. Como dijo alguien: ganaron la guerra y perdieron la literatura, y lo dijo sin ser del todo cierto porque si se leen sus escritos de manera desprejuiciada tienen páginas muy sabrosas y acertadas. Pero en fin… estábamos en el quiosco, que para mí generación logroñesa era concretamente la librería Balmes y sus dos escaparates llenos de maravillas. Allí acudíamos los niños a comprar el TBO, el Capitán Trueno, mi querido Pumby donde mi padre me enseñó a leer. Ahí, con el tiempo pudimos descubrir que los tebeos habían pasado a llamarse comics con El Teniente Blueberry y el Strong. Allí pudimos conocer después en ediciones baratas a Verne e incluso a Ovidio y su arte amatoria. En esa cueva del tesoro nos formamos como lectores, y gracias a eso nos llegaron a interesar todos los libros menos los de texto. Fue el catalizador que nos permitió convertirnos en unos seres fantasiosos. Una modesta moneda de cinco pesetas te permitía, entonces, comprar la libertad de soñar despierto, que es lo que hace al hombre y lo diferencia de los demás animales que solo sueñan dormidos. También te podías gastar el duro en una sesión doble en el cine Olympia, pero eso era solo los domingos y además las películas en aquel entonces nos parecían solo tebeos que hablaban, hasta que se despertó nuestra cinefilia, pero esa es otra historia. Mi particular ruta del tesoro transcurría entonces entre Balmes y la librería Jalon-Mendiri, que empezó a vender aquellos libritos baratos de la Biblioteca Sopena que nos permitieron pasar de la familia Ulises a Salgari, y del profesor Franz de Copenhague al Club Pickwick sin que nada chirriase. El que no ha vivido esos felices años en una olvidada ciudad de provincias (que eso era Logroño antes de Airbn) no sabrá nunca lo que era la vida sin estrepito, el dulce transcurrir de los días que eran como el recodo manso de un rio, días amables donde el mañana no existía. Cada tiempo trae su afán, pero yo celebro aquella infancia inocente con soldaditos de plástico comprados en El Acuario en vez de internet. Logroño era un Macondo donde todos nos conocíamos, una ciudad mágica y destartalada donde todo estaba por descubrir. El viaje físico más lejano era en La Estellesa a San Sebastián, y ya era una aventura de horas con trasbordo en Estella y parada en la famosa venta del puerto de Lizárraga. Por eso viajábamos mucho  con la imaginación y pienso que ese es el motivo de que siga siendo un crio con canas y pantalón largo. La patria de un hombre es su infancia y por eso cuento la mía, porque los recuerdos son siempre más gratos que el ramplón presente. Allí se paró el reloj de mi tiempo y fue porque ya no quise darle cuerda, aunque habrá quien opine que fue por avería y no estoy en condiciones de discutírselo. Era un Logroño sin turismo, era el edén antes de la serpiente, y si algo malo había sin duda lo he olvidado; que para eso sirve la memoria y no para recordarlo todo. Me pregunto cómo harán los niños de ahora cuando sean adultos  para olvidar lo que no debe ser recordado.  Con tantos miles de fotos y videos que registran la realidad ¿Cómo podrá volar la fantasía? Sin duda se buscaran la vida porque si hay algo humano es sobrevivir, y para eso es necesario olvidar ¿Qué mecanismos habilitara la fantasía para desarrollarse? Nosotros ya no lo sabremos. Quizá para eso pueda servir la Inteligencia Artificial, para crear recuerdos a medida, para modificar las fotos y los videos y hacer que la realidad se pliegue a lo fantástico, a lo que debió ser y no fue. Otras quimeras vendrán y sustituirán a las nuestras. Y acaso no sean tan diferentes, porque desde que alguien se puso a pintar en la pared de una caverna y a contar cuentos junto a la hoguera, el ser humano apenas ha cambiado en lo fundamental. Pero aún tengo la esperanza de que la IA no sustituya a la fantasía porque ese será el fin de la raza humana tal como la conocemos. Puede que estemos a las puertas de ese final, es posible que la IA sea nuestro meteorito y encima lo habremos fabricado nosotros. A los que vengan les vamos a dejar (les estamos dejando) un problema de tres pipas, que diría Sherlock. Por si acaso tomaremos la precaución de irnos antes a cualquier otro lugar de la memoria. Aún conservo un viejo ticket de cartón de La Estellesa (Logroño-San Sebastián, pesetas 45) ¿Me dejaran subir?

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