UN PAPELIN
DE RECUERDOS
Mi
generación es la generación del quiosco como acertadamente supo calificarla
Ernesto Giménez Caballero. Algún día habrá que admitir que los escritores
fascistas tuvieron una singular puntería (y no va con segundas) y se quedara
esta tesis sin escribir, porque ya nadie lee a este precursor del fascismo en
España, ni a Foxá, ni a Sánchez Mazas, Santamarina, D´Ors, et alia. Como dijo alguien: ganaron la guerra y perdieron la
literatura, y lo dijo sin ser del todo cierto porque si se leen sus escritos de
manera desprejuiciada tienen páginas muy sabrosas y acertadas. Pero en fin…
estábamos en el quiosco, que para mí generación logroñesa era concretamente la
librería Balmes y sus dos escaparates llenos de maravillas. Allí acudíamos los
niños a comprar el TBO, el Capitán Trueno, mi querido Pumby donde mi padre me
enseñó a leer. Ahí, con el tiempo pudimos descubrir que los tebeos habían
pasado a llamarse comics con El Teniente Blueberry y el Strong. Allí pudimos
conocer después en ediciones baratas a Verne e incluso a Ovidio y su arte
amatoria. En esa cueva del tesoro nos formamos como lectores, y gracias a eso
nos llegaron a interesar todos los libros menos los de texto. Fue el
catalizador que nos permitió convertirnos en unos seres fantasiosos. Una
modesta moneda de cinco pesetas te permitía, entonces, comprar la libertad de
soñar despierto, que es lo que hace al hombre y lo diferencia de los demás
animales que solo sueñan dormidos. También te podías gastar el duro en una
sesión doble en el cine Olympia, pero eso era solo los domingos y además las
películas en aquel entonces nos parecían solo tebeos que hablaban, hasta que se
despertó nuestra cinefilia, pero esa es otra historia. Mi particular ruta del
tesoro transcurría entonces entre Balmes y la librería Jalon-Mendiri, que
empezó a vender aquellos libritos baratos de la Biblioteca Sopena que nos
permitieron pasar de la familia Ulises a Salgari, y del profesor Franz de
Copenhague al Club Pickwick sin que nada chirriase. El que no ha vivido esos
felices años en una olvidada ciudad de provincias (que eso era Logroño antes de
Airbn) no sabrá nunca lo que era la vida sin estrepito, el dulce transcurrir de
los días que eran como el recodo manso de un rio, días amables donde el mañana
no existía. Cada tiempo trae su afán, pero yo celebro aquella infancia inocente
con soldaditos de plástico comprados en El Acuario en vez de internet. Logroño
era un Macondo donde todos nos conocíamos, una ciudad mágica y destartalada
donde todo estaba por descubrir. El viaje físico más lejano era en La Estellesa
a San Sebastián, y ya era una aventura de horas con trasbordo en Estella y
parada en la famosa venta del puerto de Lizárraga. Por eso viajábamos mucho con la imaginación y pienso que ese es el
motivo de que siga siendo un crio con canas y pantalón largo. La patria de un
hombre es su infancia y por eso cuento la mía, porque los recuerdos son siempre
más gratos que el ramplón presente. Allí se paró el reloj de mi tiempo y fue
porque ya no quise darle cuerda, aunque habrá quien opine que fue por avería y
no estoy en condiciones de discutírselo. Era un Logroño sin turismo, era el
edén antes de la serpiente, y si algo malo había sin duda lo he olvidado; que
para eso sirve la memoria y no para recordarlo todo. Me pregunto cómo harán los
niños de ahora cuando sean adultos para
olvidar lo que no debe ser recordado. Con
tantos miles de fotos y videos que registran la realidad ¿Cómo podrá volar la
fantasía? Sin duda se buscaran la vida porque si hay algo humano es sobrevivir,
y para eso es necesario olvidar ¿Qué mecanismos habilitara la fantasía para
desarrollarse? Nosotros ya no lo sabremos. Quizá para eso pueda servir la
Inteligencia Artificial, para crear recuerdos a medida, para modificar las
fotos y los videos y hacer que la realidad se pliegue a lo fantástico, a lo que
debió ser y no fue. Otras quimeras vendrán y sustituirán a las nuestras. Y
acaso no sean tan diferentes, porque desde que alguien se puso a pintar en la
pared de una caverna y a contar cuentos junto a la hoguera, el ser humano
apenas ha cambiado en lo fundamental. Pero aún tengo la esperanza de que la IA
no sustituya a la fantasía porque ese será el fin de la raza humana tal como la
conocemos. Puede que estemos a las puertas de ese final, es posible que la IA
sea nuestro meteorito y encima lo habremos fabricado nosotros. A los que vengan
les vamos a dejar (les estamos dejando) un problema de tres pipas, que diría
Sherlock. Por si acaso tomaremos la precaución de irnos antes a cualquier otro
lugar de la memoria. Aún conservo un viejo ticket de cartón de La Estellesa
(Logroño-San Sebastián, pesetas 45) ¿Me dejaran subir?
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