PERFUMES Y
VIENTOS
Un
fresco viento que me da en la cara me recuerda que en sus lomos llega
cabalgando el otoño, el tiempo de la vendimia y las hojas secas. Desde ahora mi
paisaje sentimental, el que veo desde mi ventana, ira virando al cárdeno y la
fresca brisa se ira convirtiendo en vendaval (el ventus validus latino que soplaba sobre los artículos del maestro
Cunqueiro) Necesitamos un viento fuerte que barra las hojas y la memoria, que
se lleve los malos recuerdos a otro rumbo de la rosa de los vientos. A veces se
nos olvida airear las cabezas, abrir sus portillos (los que solo nosotros
conocemos) para limpiar ese cuarto cerrado que es bueno que huela a lo que
huele el tiempo: a racima fresca, a cosecha de frutos maduros. El interior de
la cabeza debería oler a manzanas secas que es olor agradable y melancólico. El
otoño es la epoca de recoger; tanto los frutos como las ideas. Pero conviene
asegurarse de que las ideas que extiendes a secar sobre esos viejos periódicos en
ese altillo mágico de nuestras cabezas no tengan gusano. El otoño es también la
promesa del invierno, de los copos de nieve de la memoria, copos irreales que
caen eternamente en la interna bola de nieve de nuestras cabezas cuando la agitamos. Alguien dijo que la vida es eso que ocurre mientras tú haces planes.
Hace ya mucho tiempo que el único plan que tengo es levantarme a ver amanecer
(alguna ventaja tenía que tener el insomnio) Ver como la luz va pasando del tenue azul oscuro al incierto resplandor que va abriendo el telón del día.
Siempre veo el mismo espectáculo con el León Dormido de fondo y el Ebro pasando
(que es lo suyo) y siempre es diferente. Se diría que la naturaleza se esmera
en ir metiendo morcillas en su
parlamento teatral para que no nos aburramos. La naturaleza es un actor con
muchas tablas y yo un ingrato que nunca aplaudo estos espectáculos gratuitos
que me da. Creo que fue Santiago Rusiñol el que se iba con sus amigos a ver
amanecer (o atardecer tanto da) y aplaudían o silbaban según como les pareciese
la obra. También fue el primer catalán que vendió duros a cuatro pesetas y no
se los compraba nadie, los payeses se paraban en el puesto examinaban las
monedas y se iban sonriendo y meneando la cabeza. Los duros eran auténticos y
entonces (hablamos de 1900) con un duro se comía espléndidamente. Hoy día,
tanto en Cataluña como en el resto de España los duros son falsos y sin embargo
su precio ha subido de forma vertiginosa y creo que ya andan por las ocho
pesetas y además la gente hace cola para comprarlos, ignoran que toda moneda que no sea de oro pertenece a la pecunia fantastica por ser, solo, una convencion entre los hombres. Estos cambios traen los
tiempos y yo los voy registrando en mis papelines que aspiran más que a ser una
crónica política, a ser una crónica sentimental, un hilo para que tiren de él los
desocupados del futuro y se fijen en las personas más que en los datos. Falta
mucho perfume a pomarada seca cuando se leen las páginas de la historia. La
historia se ha convertido en ese cuarto cerrado que huele a moho, a páginas húmedas
y pis de ratones y ese es el olor del desconsuelo y del olvido. Hay que limpiar el olfato y
el gusto con un trago de vino, de tinto joven y oscuro, que espume un poco por los bordes y deje un recuerdo de cerezas en el paladar. Y me imagino soplando suavemente esa leve espuma (eterea como la espuma de los dias) al maestro
Cunqueiro, o al maestro Berceo en el su portaleio. ¡Quien pudiera estar con un jarro de vino pisado en
lagar, sentado cabe las tumbas de los siete infantes! viendo como el vendaval
mueve las hojas de las hayas y las copas de los pinos mientras alguien te lee
alguna cantiga de amigo, de las de Alfonso X que son menos presbiteriales que las
del maestro Gonzalo, o quizá el romance de los siete infantes de Lara. Nunca
sabremos si los sarcófagos del portaleio son los suyos, pero lo importante es
que allí está enterrada su memoria y su historia para siempre. Es buen sitio
para escuchar leyendas del romancero y para emborracharse un poco con ese vino ideal de los poetas que tiene una ligera aguja, y después meter los pies en el cristal helado del arroyo Cárdenas que nos
espabilara y nos lavará de toda culpa. Hay que librarse del estruendo, de los
duros falsos y de los auténticos, de las memorias que no nos interesan. Es
tiempo de oler a bosque y a setas, tiempo de ver las nubes, tiempo de recogerse
dentro de uno y de husmear los bálsamos
de la memoria, de leer algo que tenga escrito más de siete u ocho siglos, de
leer algún papelin que desafíe al tiempo, de olvidarse de la actualidad. Que
pasen buen día.
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