DESPISTADO
-Siempre
he sido un hombre afortunado, no por mi suerte que como la de todos es
cambiante, si no por mis amigos. Siempre he tenido amigos capaces de aguantar
mis historias amablemente, incluso fingen una atención y un asombro claramente
desproporcionados con el interés de la anécdota o del chiste ¡Para eso son los
amigos! Luego, de repente caen en la indiferencia y ya se ponen a hablar de sus
cosas ignorándome como si yo no estuviera, como soy muy paciente me da igual y
me pongo a escuchar y las palabras van y vienen y las risas y las copas, aunque
con frecuencia siento que las palabras y las frases me traspasan, vuelan de uno
a otro a través de mi como si me hubiese puesto transparente. Y eso también
será porque cojo mi copa y me pongo en un rincón a escuchar y me limito a
levantar también mi vaso cuando hay un brindis mientras el gato se acurruca
conmigo y a reírme discretamente cuando se acaba el chiste. Cuando me canso me
voy, a veces voy un poco cargado y me cuesta encontrar mi casa y encima es
inútil preguntar hoy día, la mayoría ni contestan y eso cuando no salen corriendo (no sé qué pueden temer de un
viejo, quizá que les de la tabarra) Como tengo buen carácter no me enojo ni me
sorprendo, aunque ya me estoy preocupando de que me pase a diario. Hoy me he
levantado y como estos últimos días me he cortado al afeitarme porque el espejo
es de los baratos y siempre anda empañado después de la ducha y luego el café
que no sabe a nada ¡Coño que día! Me llaman los amigos y aunque es un poco
tarde me pongo los zapatos y me acerco dando un paseo por las viejas calles,
aunque tarde un poco allí estarán. Ya ha caído la tarde y se encienden algunas
farolas, cada vez más tenues ¡Tendré que ir otra vez al oculista! A ninguno nos
gusta ir de médicos pero hay que reconocer que a veces aciertan y el cansancio
me lo han quitado, hasta que empecé a tomar las pastillas me tenía que sentar
cada poco, ahora ando sin el bastón. Me demoro prendiendo un cigarro en el
portal aunque últimamente el tabaco no me sabe a nada, y ahora no podré usar el
ascensor fumando, pero no importa porque me gusta subir por las escaleras. Se
han dejado la puerta abierta y me están llamando, me quito el abrigo y lo
cuelgo con los otros, no me hace falta encender la luz porque conozco de sobra
la pieza y jamas tropiezo con los muebles, entro y saludo y no me hacen caso.
Mientras pronuncian mi nombre tienen todos un dedo absurdamente apoyado en un
vaso de cristal que se mueve rodeado de letras, y me llaman y no me oyen y me
miran y no me ven; y es solo entonces cuando lo comprendo.
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