Una sombra tan solo seras

domingo, 29 de septiembre de 2019

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-Gracias a la televisión y los adelantos comunicativos estamos al cabo de la calle de los graves problemas de nuestro tiempo; pues si no muchos de ellos, al ser secretos como una enfermedad venérea, pasarían desapercibidos. Osea no nos coscamos de la seriedad del asunto hasta que no lo vemos plasmados en la imprescindible función comunicativa del reporterismo de élite. Así es como he tomado conciencia de un grave problemón que ha causado hasta preguntas parlamentarias; es decir no lo he descubierto yo, pero ahora que me lo han enseñado ejerzo de modesta caja de resonancia y echo mi cuarto a espadas difundiéndolo. Me refiero claro está, al intolerable problema de la reventa de entradas para espectáculos. Es cuestión esta antigua, que arrastramos desde el siglo pasado cuando los menestrales tenían que empeñar el colchón en la prendería para ir a los toros. Ahora, sustituida la sangre por los decibelios (aunque el tema sigue sangrando) el caso se da en gentes (también denominados pijos de mierda o tontos de los huevos) que están dispuestos a pagar 800 maravedises de vellón por ver y escuchar a Alejandro Sanz o a Sabina, tanto da. Este grave hecho sucede en un país donde ayer mismo me dieron vez para ir al médico de familia para dentro de nueve días, donde si tienes la suerte de llegar a viejo tendrás que empeñar hasta la dentadura para que te admitan en un pudridero denominado eufemísticamente Residencia de ancianos (debería llamarse Resiliencia por lo que hay que aguantar y bregar para llegar hasta allí) donde las listas de espera para cualquier operación se van alargando sutilmente (y nos resignamos y ya nos parece normal). Al que empeñaba el colchón en el siglo pasado siempre se le podía decir que se jodiera y se hiciera una rosca encima de la almohada para dormir como el gato ¿Pero que decirles a estos pollos sin cabeza? Quizá, que es una lástima que aquí no haya llegado la revolución Maoísta y sus campos de reeducación, que no reeducaban nada pero quitaban la tontería. No lo diremos por coherencia y por odio a toda tiranía; pero a veces uno fantasea con la quimera eucarística de que dos hostias a tiempo obran milagros. Desde luego que si estas cuestiones llegan al parlamento, no tardaremos en verlas en algún programa electoral. Nada tengo contra los castizos reventas, que andaban en la rebusca y sus trapiches con señoritos pelamingas desde los tiempos del Espartero y Mazzantini; pero a lo mejor era conveniente que las fuerzas parlamentarias y los reporteros dicharacheros del Chafardero Indomable, asestasen su artillería contra objetivos de más calado. Y también me da por pensar que esto, acaso, forme parte de un sutil mecanismo de la naturaleza destinado a que los tenemos ya unos tacos del almanaque a las espaldas, abandonemos este valle de lágrimas y conciertos, no con pena, sino con un cierto alivio por dejar esta nave que se hunde por no aguantar el arqueo de tantas toneladas de imbecilidad.

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