Una sombra tan solo seras

martes, 18 de junio de 2019

La muerte de un poeta




-La memoria de internet es infinita y la de los hombres incierta y débil. Ambas tienen algo en común. No se pueden borrar, siempre en algún sitio queda la memoria de todo; como si un ubicuo contable, de paciencia infinita, lo fuese registrando en alguno de los libros de las bibliotecas incalculables que imaginaba Borges. Leo acerca del hijo de un alférez que quiere sacar a su padre, que ya está muerto (pero ya hemos hablado de los muertos en este país) del consejo de guerra donde ejerció de secretario, condenando a muerte a Miguel Hernández. Como la muerte de un poeta no se puede limpiar de la escasa memoria de los hombres (es una mancha indeleble); pretende borrarla de internet. Desde aquí le apoyo, empiezo por no poner aquí el nombre de su padre (que desde ahora sufre una condena al olvido, entiendo) y digo que se queda corto. Una vez conquistado el derecho al olvido en la red, debería demandarnos a los que aún tenemos memoria de ello; para que nos borren el nombre del alférez en cuestión. Que le den una mano de cal a las sinapsis que enlazan con ese señor. Desde luego el demandante muestra un tierno amor filial por su padre; no así por la historia. Pero sucede que somos animales de tiempo y transcurrimos por la historia; osea que somos nuestra historia, nuestra memoria y recuerdos; y eso no se puede borrar (de momento) aunque a algunos ya vemos que les gustaría. Que no se preocupe este buen hijo de su padre y padrastro de la historia. Al final son los poetas, siempre; los que se quedan en la memoria, los que permanecen a pesar de ciertos alféreces.  Termino con una poesía de Miguel Hernández que puede servir tanto para su muerte, como para no olvidarla.

Yo sé que ver y oír a un triste enfada, /cuando se viene y va de la alegría,
como un mar meridiano a una bahía, /esquiva, cejijunta y desolada.
Lo que he sufrido y nada, todo es nada, /para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esta agonía /de andar de este cuchillo a aquella espada.
Me callaré, me apartaré si puedo /con mi constante pena, instante, plena,
a donde ni has de oírme ni he de verte./Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena: /adiós, amor, adiós, hasta la muerte. 


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