TOMAR UN
CAFE
Los
amigos que se entretienen leyendo mis papelines habrán observado que en esta
sociedad de la opulencia solo yo desentono con mis jeremiadas de señor pobre.
Efectivamente en esta Jauja moderna en que se ha convertido España, si es que
tal cosa existe (España, digo) parece que solo mis letanías desentonan en este
paisaje de nuevos ricos. Pero la realidad, que es una señora que a veces viene
a tomar café a mi casa, suele venir a darme la razón (aunque a lo mejor se pasa
por el café y me da la razón como a los niños, a los tontos y a los votantes).
He comprobado, con estupor, que hasta hace poco no me llegaba la pensión para
comer en un restaurante Michelin, y
como buen gourmet me he quejado alguna vez de esta carencia que suplo con
ingenio, alubias, macarrones y otros géneros al por menor. Más la realidad, además
de bebérseme el café (con tres cucharadas de azúcar) me ha dado una colleja
para agradecérmelo; señores, si antes no podía comer en un restaurante de postín,
hoy día ni siquiera me llega para no comer en él. Acabo de enterarme de que te
exigen por encima de los 120€ (por comensal) por cancelar una reserva, es
decir: por no comer. Y es que no comer se está poniendo por las nubes para los
nuevos pobres en esta sociedad de nuevos ricos, y yo sospecho que todos estos
modernos advenedizos en realidad viven engañados. Los políticos (que son los
cornetines de órdenes de los ricos de verdad) en vista de que no podían (ni querían)
acabar con la pobreza han dado con el huevo de Colon, con la solución mágica, que
es simple, ingeniosa y barata; convencerles de que son ricos mientras su cuenta
corriente disminuye a ojos vista. Cómo se consigue este truco de prestidigitación
esta fuera de mi alcance el explicárselo; aunque sospecho que tenga que ver con
esas pantallitas que todo el mundo va mirando por la calle en vez de mirar la
realidad. La gente va mirando, absorta, a cómo está la lata de caviar, como viven
los You Tubers refugiados en Andorra, cuánto cuesta un Maserati y el precio de
la última mansión que se ha comprado un futbolista, y como los ven en la
pantallita y además los siguen por Twitter, se hacen la ilusión de que los
poseen. Después un pincho con pretensiones por la calle del Laurel al precio de
media lata de caviar completa la ilusión. Todo esto es un trampantojo que yo creía
propio de los pueblos salvajes y primitivos, que pintaban un bisonte y se hacían
la ilusión de haberlo cazado, y he aquí que en vez de ser un culto
cargo (como esas tribus de Melanesia que esperan un avión americano
lleno de increíbles riquezas y lo adoran) es lo último en tecnología y en
inteligencia artificial, osea una vez más el hombre primitivo que espera que
votando se le llene el puchero. Y así nos van convenciendo de que hay que
llenar las calles de carriles bici aunque sean estos vehículos tan caros de ver
como el fabuloso unicornio, al igual que nos convencen de que una guerra entre
los Hotentotes y los Bosquimanos es la responsable de que nos atraquen en los
supermercados, y al final nos pasara como al asno de Buridán; que nos moriremos
de hambre pero sin rebuznar y con una sonrisa envidiable, y eso mismo les pasa
a las calaveras, que parece que se ríen pero no; nos enseñan los dientes que
Dios le da a quien no tiene pan ni inteligencia para pedirlo. Decía Unamuno que él era más sabio que
Sócrates; porque yo sé que no se nada.
Pero es que además de saber que no se nada, sé que tampoco saben nada los
demás. Y seguramente me acontece a mí como al ilustre catedrático
salmantino, con la diferencia de que él lo podía decir y se lo toleraban, y
cuando suelto yo un axioma tan obvio, nadie me hace caso (seguramente con buen
criterio) ya que todo el mundo cree conocer a la realidad aunque solo tome café
en mi casa. Por cierto, acabo de advertir que me faltan dos cucharillas de
plata y las tenacillas del azúcar y encima tendré que disimular, porque como la
realidad deje de venir a verme no sé de qué les voy a hablar a Vds. y
francamente, para contarles lo bueno que es todo y lo bien que vivimos me habría
metido a político y por lo menos me llegaría para no comer.
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