-Se pregunta uno a menudo que será de estas
cosas que escribo y para quién. La respuesta inevitable yace en los chiscones
de libreros de viejo que están atestados de cosas mejores que esta. Uno escribe
para nadie o para uno mismo que viene a ser igual. Por momentos me pregunto qué
será esto; aunque escribo casi todos los
días, para ser un Diario le falta
intimidad y para novela le falta unidad. Aunque hay un hilo invisible recorre estos
papeles es como el hilo de Teseo que no sabía muy bien qué monstruo
esperaba en el laberinto y tampoco pudo saber si a la salida iba a seguir
esperando Ariadna (lo sabemos ahora pero ya no tiene mérito). A lo mejor es
como el hilo de las parcas, una vida echa un ovillo y tirada después al montón
donde no se distingue de las otras madejas, y entonces se comprende porque se
celebraba en esos transatlánticos antiguos el paso del ecuador; de la mitad de
la travesía de la vida, (que es un navegar), una ceremonia ruidosa para
aturdirse con el champán y los cohetes y no darse cuenta de las millas y las
olas que han pasado y ya no vuelven. Ya ha entrado el otoño, y sin embargo las
hojas de los árboles se niegan a obedecer al calendario y siguen a lo suyo; verdes y aferradas a su rama. Parecen decir ¡Cáete tu si quieres! que yo aquí
estoy bien. Esto viene por un sueño que a veces vuelve de cuando tuve un curro
forestal, hace ya muchas millas y muchas olas; y me levanto y escribo un poema
que no es como el Kubla Khan de
Coleridge, porque la inspiración de uno no da para edificar un palacio; como
mucho un chiscón como queda dicho. Por sí o por no, por lo que valga; hay
queda.
CEREZO EN FLOR
-Plante árboles hace muchos años en lo más alto
de la sierra,
por
encima de Rivas de Tereso en las nubes cavé.
Eran
cerezos para los pájaros, y robles para
los corzos.
Yo
era pobre y era joven era trabajo, aún no sabía que eso se hace gratis;
dar de comer, digo.
Fue
en la estación más bella, la tardía. A
veces vuelvo en sueños
e imagino, que no me abren las puertas del cielo y que llamo
con
una flor de cerezo; para echarla en la
balanza, como hacen los poetas pobres
para
pagar la renta si les desahucian de la
vida con sus muebles; unas sillas que no coinciden y un
baúl, vacío de libros que esperan.
La
hierba habrá crecido, llena de rocío y diamantes de telarañas
y
los frutos como una acuarela se van pintando (la luna es testigo)
de rojos y verdes se salpica el sueño. Y me
agito y me despierto
y no hay cielo; pero siempre me queda el vuelo
limpio
del ave y la inocencia del corzo, que me defienden. Y entro.
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