Una sombra tan solo seras

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Epitafio


-Es España; a lo que se ve punta de lanza mundial en el descubrimiento de nuevos derechos, que la humanidad en su conjunto ignoraba hasta el presente, y que esta maltratada nación alumbra a la consideración del orbe para confusión y pasmo de nuestros enemigos; y es que cuando nos ponemos a algo somos los mejores. Cierta gente (a los que solo en broma se les puede calificar de izquierdas) descubrió el derecho a decidir, que hasta ahora ningún estado del mundo recogía en su constitución por ser contrario al concepto mismo de nación. Pero aquí estamos nosotros para dar lecciones a los demás ¡Que aprendan a ser demócratas! Más no contentos con el gozoso hallazgo, ahora la caspa fascista ha descubierto el indiscutible derecho a ser enterrado donde te salga de los cojones. Como supongo inútil tratar de explicar a quien no quiere oír, recordaremos que hasta principios del siglo XIX (y en muchas ciudades hasta bien entrado el mismo) la gente aún se enterraba en las iglesias según sus posibilidades y posición social; bien debajo del altar mayor o en sus proximidades y hasta con monumento funerario como los potentados e ilustres, bien en los alrededores porque dentro no se distinguía ya entre los fieles difuntos y los chupacirios. Constituía entonces el incienso un material de primer orden para disimular el olor a cadaverina, y al final se hubieron de crear por decreto los cementerios municipales, que se instalaban lo suficientemente alejados de la población como para que los muertos no molestasen a los vivos, pero no tan lejos que se hubiese de coger el tranvía de mulas con transbordo en Miranda. Por si tal derecho (inédito hasta ahora) adquiriera en un futuro carta de naturaleza, desde aquí dejo escrita mi voluntad póstuma de ser sepultado en el Ayuntamiento de Logroño; en sitio preferente (salón de plenos, despacho del alcalde… lo dejo a la discreción de mis albaceas) y es esta condición por estropear un poco la perspectiva al infatuado que diseño semejante porquería, y de paso humanizar un poco tanta vacuidad. En mi lápida sólo debe figurar una austera y cristiana inscripción que rece: Me cago en el regidor de esta villa, y esto no como ofensa o menosprecio (nada más lejos) sino a modo de memento mori ; de perpetuo recordatorio y memoria de que no somos nada y de que hasta los alcaldes han de morir (aunque ello parezca inverosímil) y también de que todos nos convertiremos con el tiempo en modesto zurullo y dejaremos de asaltar el erario público. Es mi deseo asimismo que se deje fuera mi mano derecha momificada en actitud menesterosa, y esto por recordable aviso de que en este mundo de vanidades solo son ciertas la muerte y los impuestos a los pobres. Sea todo hecho con ánimo franciscano, pero no por afectación; si no por molestar al Opus (gentes a las que fastidian estas cosas cuando no son ellos los protagonistas). No haya fechas ni nombre; no por humildad, si no porque no me lleguen requisitorias al otro mundo. Este sepelio deberá realizarse en rigurosa intimidad, sin catafalcos ni música, y esto sea porque algún concejal de cultura no profane mis muertos tímpanos con los conjuntos musicales de mierda que acostumbra contratar. Haya también una breve lectura piadosa de algún pasaje escogido de La venganza de Don Mendo, realizada esta por algún amigo sacado a este solo efecto de la cárcel.  Por descontado deberá ser sufragado por el cabildo, ya que no dispondré de un puñetero maravedí, y no es mucho que lo pague quien tanto y con tanta desvergüenza ha saqueado mis bolsillos. Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de Usía. Etc,  etc…

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