Una sombra tan solo seras

sábado, 17 de agosto de 2019

Bitácora




-Cuando eres joven empiezas a escribir por un cierto desasosiego, de alguna manera crees que el mundo no te acaba de entender y escribes para explicarte; solo cuando pasan los años te das cuenta que siempre has escrito para  intentar comprender el mundo y no para que él te comprenda. Hace falta un cierto poso (que solo da el tiempo) para entender que todos los viajes acaban en Ítaca y que no todas las mujeres son Penélope ni todos los dioses son propicios. Cuando ya has llegado a tu destino te quieres ir, porque te das cuenta que lo bueno es el viaje; eso lo dijo Cavafis pero ya lo sabía Ulises. También te lleva un tiempo comprender que nunca volverás a esa Ítaca; que a esa isla de tu pasado no podrás volver a atar tu barco pero cabe entera en tu memoria y entonces escribes sobre ella; y sabes que regresaras con solo cerrar los ojos a volver a acariciar a Argos (ese perro que yace en el estiércol) que te volverá a lamer la mano que es lo que hace el recuerdo, lamernos la mano y dejarnos la fresca saliva del fiel perro de la memoria. No sé por qué hoy la columna ha salido así, mediterránea, un poco salitrosa y ligeramente épica; será que la actualidad cansa y la política aburre. Esta noche habrá que echar La Odisea al fuego del campamento y habrá que hacerlo con cuidado porque quemar a Homero es como quemar la historia, es un poco como meterle fuego a la biblioteca de Alejandria. Odiseo, que era un pirata mediterráneo, un príncipe guerrero pastor de hombres; hizo lo mismo en alguna noche fría en las playas de Troya donde en los rescoldos de su incendio ahora asan sardinas en espeto turistas ignorantes. El que esto leyere que siga navegando; en algún sitio Penélope teje y espera aunque no a nosotros, que ya lo sabemos pero navegamos. Solo hace falta que el viento sople, lo demás lo dijo otro clásico; Navegar es necesario, vivir no es necesario. Ese era el cierto desasosiego por el que empezamos a hacer una bitácora. Pasan los años y las millas y atracas en todos los puertos para amar a la misma mujer (que ajena y lejana sigue tejiendo) y emborracharte con los mismos marineros muertos que conoces de otros puertos; te das cuenta que la bitácora no explica a dónde vas, si no tan solo de dónde vienes, los sitios por dónde has pasado. No es mal principio para un viaje.

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