-Como la actualidad moderna acaba por aplastar
al que la sigue. Hoy me voy a tomar un respiro y voy a quemar algún libro en mi
tertulia, no sin antes recomendárselo a Vds. Releo antes de entregarlo a la
hoguera (porque me lo sé de memoria por juveniles ardores) el “Adán Buenosayres” novela de Leopoldo
Marechal, un desconocido martinfierrista que
puso las bases de la novela del Boom sudamericano; como supo reconocer Julio
Cortázar (creo que en “La vuelta al día
en ochenta mundos” o quizá en “Último
Round” ambos son libros que no
quemaré porque nunca se acaban de leer). El Adán
es la epopeya de un hombre corriente durante un día en la ciudad de Buenos
Aires (y ahí se terminan las semejanzas con el “Ulises”) Adán nos presenta a su barrio, retrata a su círculo de
amigos literatos martinfierristas y después hace un viaje metafísico al
infierno, a la ciudad de Cacodelphia, precedido por uno de las mejores escenas cómicas
en castellano, a juicio de Cortázar; la del velorio del pisador de barro Juan
Robles y la descripción del malevaje
que acude a la fiesta del velorio. Es novela por la que no pasan los años
(1931) y que recomiendo a Vds. Borges, al que solo le gustaba reconocer sus
influencias anglosajonas; le debe no poco. Pero este nuevo Homero era un malevo
que había cambiado el facón por la espada de las sagas vikingas y al único
compadrito al que le dejo subir a su drakar fue a Bioy. Acompañaré al Adán en la hoguera con los relatos
detectivescos de Bustos Domecq y de Isidro Parodi, escritos en comandita por
estos dos cuchilleros que trasladaron el tango (que siempre ha sido poesía lunfarda que se baila) a la literatura, con resultados que seguimos saboreando. Creo muy
posible (y difícilmente demostrable) que, “El
libro del cielo y del infierno”
también creación de ambos, haya bebido en parte del descenso a los infiernos
del Adán; ese Dante criollo.
Despidámonos sin nostalgia, mientras arde la pira; con “Los Compadritos Muertos”
de Borges.
Siguen
apuntalando la recova / Del Paseo de
Julio, sombras vanas
En
eterno altercado con hermanas / Sombras
o con el hambre, esa otra loba.
Cuando
el último sol es amarillo / En la frontera de los arrabales,
Vuelven
a su crepúsculo, fatales / Y muertos, a su puta y su cuchillo.
Perduran
en apócrifas historias, / En un modo de andar, en el rasguido
De
una cuerda, en un rostro, en un silbido, / En pobres cosas y en oscuras
glorias.
En
el íntimo patio de la parra / Cuando un tango embravece la guitarra.
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